Cuando la tierra tiembla… ¿dónde permanece nuestra esperanza?


Las imágenes son difíciles de mirar.
Familias enteras buscando entre los escombros. Padres abrazando a sus hijos. Rescatistas luchando contra el tiempo. Personas que, en cuestión de segundos, perdieron su hogar, sus pertenencias y, en muchos casos, a quienes más amaban.
El terremoto que ha golpeado a Venezuela nos recuerda una realidad que solemos olvidar: nuestra vida es frágil.
Nos esforzamos por construir un futuro, hacer planes y sentir que todo está bajo control. Pero basta un instante para comprender que ninguna persona tiene el dominio sobre el mañana.
Y esa verdad, aunque dolorosa, también nos dirige a una esperanza que no puede derrumbarse.
Cuando el dolor parece no tener explicación
Ante una tragedia así, las preguntas aparecen casi de inmediato.
¿Por qué ocurrió?
¿Por qué tantas pérdidas?
¿Por qué Dios permitió tanto sufrimiento?
La Biblia no responde cada uno de nuestros "por qué". Sin embargo, sí nos recuerda quién sigue sentado en el trono.
Dios no ha perdido el control.
Nada de lo ocurrido escapó a Su conocimiento ni frustró Sus propósitos eternos. Aunque hoy muchas preguntas permanezcan sin respuesta, Su carácter continúa siendo santo, justo, sabio y bueno.
"Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones. Por tanto, no temeremos, aunque la tierra sea removida..." — Salmo 46:1-2
Llorar también es parte de la fe
Como cristianos, no ignoramos el dolor.
Jesús mismo lloró frente a la tumba de Lázaro.
Llorar no es falta de fe.
Es reconocer que vivimos en un mundo quebrantado por el pecado, donde la muerte, el sufrimiento y los desastres nos recuerdan que la creación entera gime esperando la restauración que solo Cristo traerá.
Por eso hoy lloramos con quienes lloran.
Oramos por quienes buscan a sus seres queridos.
Pedimos consuelo para quienes quedaron con el corazón roto.
Y damos gracias por cada vida rescatada en medio de la tragedia.
La esperanza que ningún terremoto puede destruir
Las casas pueden caer.
Las ciudades pueden cambiar para siempre.
Los bienes materiales pueden desaparecer.
Pero hay algo que permanece firme: Cristo.
Él sigue siendo el mismo Salvador, el mismo refugio y la misma esperanza para todo aquel que confía en Él.
Cuando todo lo visible se mueve, el evangelio nos recuerda que existe un Reino inconmovible.
Nuestra seguridad nunca ha estado en la estabilidad de esta tierra, sino en las promesas de Dios.
Que nuestra respuesta sea el amor
En momentos como estos, la iglesia está llamada a reflejar el carácter de Cristo.
No con discusiones.
No con especulaciones.
No con juicios apresurados.
Sino con oración, compasión, generosidad y servicio.
Cada ayuda enviada, cada oración elevada y cada gesto de misericordia recuerda a quienes sufren que no están solos.
Hoy Venezuela llora.
Y nosotros lloramos con ella.
Pero también oramos.
Porque creemos que Dios sigue siendo refugio para el afligido, fortaleza para el débil y esperanza para el que ya no encuentra fuerzas.
Que esta tragedia nos recuerde que la vida es breve, que nuestras certezas son frágiles y que solo Cristo permanece para siempre.
Oremos por Venezuela.
Llorando con los que lloran, sirviendo con amor y confiando en el Dios que, aun cuando la tierra tiembla, jamás deja de sostener a los suyos.



Gracias por las oraciones, mi país los necesita.